Hace ya más de un año desde que fui al cine a ver la última patraña que nos intentaron vender como la verdadera historia de Excalibur. Recuerdo que fue en la sesión de las 10 y media, y que yo prefería ver Death Proof, pero tuve que entrar en esta porque acababa más temprano y mis acompañantes la prefirieron.
Tal vez fueron estas circunstancias las que me hicieron asistir al espectáculo con mirada crítica y baja opinión. O tal vez fue, simple y llanamente, que la película era mala.
La cinta no va de romanos, con sus gladiadores, sus legiones, sus emperadores, o sus guerras púnicas. Tampoco va de caballeros de la Mesa Redonda (o cuadrada, ¿alguien ha visto la peli de los Monty Python?) ni de batallas en ambiente medieval, o torneos, o damas y reyes. No va de una espada, aunque hable de ella. No va de la Novena Legión, olvidada en las Islas Británicas, aunque ésta aparezca. No va de Merlín, Arturo, Excalibur, y eso que se les menciona.
Se podría catalogar de película superflua, que pasa sin pena ni gloria como una serie de escenas entrelazadas que, al final, no nos han dicho absolutamente nada.
Y llega la hora de hablar de los actores, de esos actores terriblemente desaprovechados en personajes estereotipados, planos y moldeados en el tópico al 100%. ¿Por dónde empezar?
Colin Firth (Mamma Mia!), maldita sea, el mismo Colin Firth que me emocionó en el Orgullo y Prejuicio de la BBC; el mismo que despertó mi simpatía en Love Actually y El Diario de Bridget Jones; no convence de ninguna de las maneras como héroe adusto y de pocas palabras, pero por supuesto: valiente y honrado de corazón (¡venga ya!).
Ben Kingsley (La Casa de Arena y Niebla), el mismo ganador del Oscar por su papel de Gandhi, aparece aquí como el asombrosamente sabio anciano, que parece una Enciclopedia Larousse de 21 tomos con epílogo incluido, siempre dispuesto a iluminar a todos los demás personajes, demasiado obsoletos para conocer siquiera una mínima parte de su infinito saber (¿y lo del fuego? ¿qué me dices de lo del fuego?).
A Aishwarya Rai (Guru) parece ser que únicamente la escogieron por su físico. No añadiré nada más.
Peter Mullan y Kevin McKidd (Hijos de los Hombres el uno y Roma el otro) son los malos malísimos (pero malísimos malísimos, ¿eh?). El primero, el jefazo, que no lucha de cara hasta el final. El segundo, el típico antagonista que no llega a ser el que reparte el bacalao en el cotarro, pero que aún así es un bestia y duro, durísimo de matar.
Y por último, el niño Thomas Sangster (Love Actually); como Rómulo Augústulo, el último emperador romano. El típico niño que ha visto morir a sus padres delante de su cara (¡qué fuerte!) y sin embargo, se queda como si nada, sin apenas trauma ni nada. Para luego, por supuesto, meterse en mil y un problemas de los que lo tendrán que salvar el super-héroe y su séquito. Jo, y eso que el crío me gustó en Love Actually.
En definitiva, una película sin sustancia y sustención; sin ingenio y aportación alguna al espectador; una más, que pasa sin pena ni gloria, trillando todavía más el ya de por si trillado tema del Rey Arturo, la caída de Roma, y Excalibur. Alea Jacta Est.
Nota: 4 sobre 10.
Marla6.
